Por Yudelis Méndez
La paciencia del pueblo dominicano ha llegado a su límite.
Lo que se prometió como una era de transformación y modernización bajo la administración del Partido Revolucionario Moderno (PRM), se ha convertido en una amarga pesadilla diaria.
Esta desgracia está marcada por el colapso del sistema eléctrico, el golpe implacable del alto costo de la vida y una incesante marea de delincuencia que mantiene a las familias encerradas en sus propios hogares.
Mientras el discurso oficial intenta maquillar la realidad con cifras macrométricas y engaños publicitarios, el día a día del dominicano de a pie se define en dos palabras: frustración e impotencia.
El drama de los apagones y la factura
Es inaceptable que, en pleno siglo XXI, los hogares dominicanos continúen sufriendo tandas de apagones interminables que paralizan el comercio local, dañan los electrodomésticos conseguidos con años de esfuerzo y sofocan a las familias durante las noches.
Lo más alarmante no es solo la falta de luz, sino la paradoja financiera que golpea el presupuesto familiar. Mientras los sectores populares y la clase media reciben menos horas de energía, los montos de la tarifa eléctrica no paran de escalar. El recibo de la luz llega puntual, inflado y despiadado.
El ciudadano se ve forzado a pagar una factura eléctrica excesiva a las Empresas Distribuidoras de Electricidad (EDES) y, al mismo tiempo, costear inversores, baterías, plantas eléctricas o combustible para sobrevivir al apagón diario.
Este panorama no es un accidente, sino el resultado directo de la falta de gestión, la improvisación en el sector energético y la incapacidad de reducir las pérdidas en la distribución.
La crisis eléctrica no ocurre en el vacío, sino que se inserta en un contexto socioeconómico cada vez más hostil.
Ir al supermercado o al colmado se ha transformado en un ejercicio de zozobra. La canasta básica supera los ingresos del dominicano promedio. El plato del día cuesta más, la tarifa del transporte sube y los medicamentos se han vuelto un lujo inalcanzable.
A la par de las calles oscuras por los apagones, la inseguridad ciudadana ha ganado terreno. La población vive bajo el azote del atraco y la violencia, sin que las prometidas reformas policiales hayan devuelto la tranquilidad a los barrios y comunidades del país.
El principal activo del PRM fue la promesa del "Cambio". Sin embargo, la brecha entre las promesas de campaña y el ejercicio de gobierno es hoy un abismo insalvable.
El relato de la culpa heredada se agotó; la ciudadanía exige resultados tangibles, no explicaciones mediáticas ni promesas vacías.
El pueblo dominicano es noble, trabajador y resiliente, pero no es indomable ante la injusticia. El gobierno central debe asumir su responsabilidad con carácter de urgencia, frenar la escalada abusiva en la tarifa eléctrica, garantizar la estabilidad del suministro y tomar el control frente a la inflación y la criminalidad.
Gobernar no es justificarse, sino resolver. Y hasta ahora, el saldo de la gestión actual deja a la República Dominicana a oscuras y con los bolsillos vacíos.
